Llegué al local del Zaidín con la mezcla exacta de curiosidad y nervios que imagino que siente todo el mundo la primera vez. Llevaba meses siguiendo a Kinkoi en Instagram, leyendo, mirando fotos, preguntándome si era un espacio para mí.
Esperaba técnica. Encontré escucha.
Venía con ganas de aprender a atar. Con imágenes en la cabeza de nudos perfectos, de cuerdas tensadas con precisión. Y sí, eso existe en Kinkoi. Pero lo primero que ocurrió cuando llegué fue que alguien me preguntó cómo estaba. No de forma protocolaria: de verdad. Antes de tocar una cuerda hubo conversación. Sobre límites, sobre expectativas, sobre qué me apetecía probar y qué no.
Lo que me llevo
Pasé la tarde siendo atada por alguien con más experiencia, aprendiendo a comunicar en tiempo real cómo me sentía, descubriendo que mis brazos tienen una movilidad concreta y que eso no es un defecto sino simplemente mi cuerpo. Me fui pensando que el shibari —al menos como se practica en Kinkoi— tiene mucho menos que ver con la estética de las fotos, y mucho más con la calidad de la atención. Volví la semana siguiente. Y la siguiente.
